Dio una mirada alrededor del vagón mientras los demás lo veían, se quitó los lentes oscuros, los guardó en la mochila y empezó a excusarse para pasar entre la gente para llegar a un espacio por la ventana: necesitaba aire, pues hacía mucho calor. Roma es muy caliente durante el verano. A un lado de una gran ventana había un espacio amplio frente a una señora, de unos cuarenta y cuatro, su pelo estaba muy desordenado; estaba sola con una sonrisa poco sana en la cara y viendo al cielo. No inspiraba mucha confianza pero no había opción. El joven se acercó a la ventana y se acomodó para que el aire le diera lo más que se pudiera, se recargó en la pared y cerró los ojos. La señora se quedaba viéndolo de una forma rara, como si lo conociera. Tomó su mochila, la giró y la abrió para sacar un libro, que cuando la portada salió a la luz provocó un pequeño grito de la señora, quien luego se tapó la boca con una mano. Mientras tanto el joven de pelo largo sacó su iPod y escogió la portada del Abbey Road, a lo que la loca respondió con otro grito y, de inmediato, se acercó al joven para hacerle plática. Cualquiera con un poco de tacto se habría fijado que quería que lo dejaran en paz. Pero ella no estaba del todo bien.
–¿Qué tal joven? ¿Cómo le va? Mi nombre es Salomé Dasasco –dijo la vieja loca, con una sonrisa en la cabeza que arruinaría cualquier halloween– y quería decirle que usted tiene muy buen gusto.
–Ah, pues, muchas gracias –contestó intentando no verla a los ojos. Seguramente cuando sacó el libro la señora vio que estaba en español, así que no podría evitar la plática intentando hablar otro idioma.
–No, joven, no es burla. Es que a mi esposo le encanta esa novela y ese disco, y de tanto que me lo pone y me cuenta del libro, se ve que están muy padres –su cara buscaba la mirada o los ojos del joven, pero se resistía, tenía miedo de que lo hipnotizara. Si el joven parecía vagabundo, la señora parecía abandonada de la mano de Dios.
–Ah, pues, qué buen gusto el de su esposo –el tono de voz apático y molesto debió entenderse como un signo de las ganas de leer y escuchar música sin ninguna conversación… claro, si la vieja hubiese tenido algo de tacto, lo habría hecho.
–Eres mexicano, ¿verdad? Lo noto por tu forma de hablar, es muy de los chilangos. Yo también soy de ahí, me mudé hace unos veinte años para acá. ¿Lo puedes creer? Ya veinte años, seguro que no sabes qué son veinte años, pero no importa, eres joven y está bien. A mi esposo le ofrecieron un muy buen trabajo aquí y nos ha ido de maravilla. No te preocupes por eso, aún estás joven.
–Pues lo mismo dice mi mamá y llevo mis veinte años vividos en México –la señora volvió a echar un pequeño grito, el joven no entendió bien por qué sino hasta después.
–¿Veinte años? ¡No puede ser! No los acabas de cumplir ahora, ¿o sí?
–De hecho sí, estoy de viaje por Europa como regalo de cumpleaños.
–¡No puede ser! Mamma mía! ¿Cuándo fue tu cumpleaños?
–El 25 de julio, señora –respondió, asustado, pensando que tal vez lo ahorcaría la loca si seguía hablando.
–¿Sabías que un alma tarda un año en volver a reencarnarse cuando se muere un bebé? –la pregunta de la señora desubicó completamente al joven que había cerrado su libro.
–No, señora no tenía la menor idea de eso –no mintió cuando dijo eso, de hecho, pues no tenía la menor idea de que pudieran medir cuánto tardan las almas en darse sus vueltas.
–Pues sí, tardan un año. Justamente mi hijo y mi hija, que son cuates, nacieron el mismo día, el 25 de julio, pero de hace veintiún años.
–Qué bueno por ellos –este último comentario tuvo un tono que no era de pregunta ni tampoco de declaración. Si seguía hablando, probablemente tendría que soportar toda una conversación biográfica de la señora.
La señora se agachó recogiéndose el pelo y se sentó en el suelo junto al joven. Él no tuvo más opción que verla a los ojos y notar que los lentes gigantes en su cara ampliaban la imagen de los ojos y, por eso, parecía una rana.
–Desafortunadamente –una lágrima melancólica salió de su ojo–, mi hijo “estiró la pata” el día que nació, se llamaba Jaime.
El joven habría respondido si no hubiese sido porque realmente odiaba la expresión de “estirar la pata” y le daba escalofríos oír a una madre hablar así de su hijo. Este primer pensamiento no le dejó cambiar la cara de estupefacción y no se dio cuenta de que la señora dijo “Jaime” y ése era también su nombre. De haber oído eso, Jaime habría negado que se llamaba así porque la señora estaba muy zafada y ahora le daba miedo de verdad.
–¿Por qué me pones esa cara? ¿Te llamas Jaime también? ¿Quieres algo de comer, Jaime? Tengo un sándwich aquí y te lo puedo dar y te puedo dar dinero si quieres para tu viaje, con mucho gusto.
– Sí, señora, si me pudiera dar dinero o algo de comer le agradeceré mucho. Ya no me queda mucho dinero, pero sí mucho tiempo, no sé cómo le voy a hacer.
–Con todo gusto, m’ijo. Yo te doy lo que me pidas, dinero no me falta ni casas ni lujos, viajo aquí porque espero siempre encontrarme con algo que hoy encontré –le dio el sándwich y Jaime lo abrió para comerlo.
–¿Sale al metro para ponerse de buena samaritana? –preguntó Jaime, esperando que la respuesta fuera sí.
–No, m’ijo bobito, salgo esperando encontrarte.
–Oiga, no me diga “m’ijo”. ¿Cómo que está esperando encontrarme?
–Mira, es muy sencillo… Pero primero te quiero decir que mi marido y yo tenemos muchas casas en Europa, algunas en Estados Unidos, otras en las playas de México y dinero pa’ventar pa’rriba y darle a nuestra hija. Mi hija se llama Natalia. Es muy bonita –la señora sacó una foto de su cartera y se la enseñó, realmente era muy guapa y tenía buen cuerpo– y está soltera esperando al niño adecuado que digo que eres tú.
Cuando oyó esto, Jaime se tentó mucho en ir a conocer a la hija de la loca, estaba muy guapa y rica con muchas casas en el mundo podría soportar a una suegra así. Y aceptó la oferta.
–¡Uy, señora, pero cómo no, con todo gusto!
–¿De verdad? ¿La quieres conocer? Está guapa y tenemos mucho dinero y tienen tanto en común, seguro contigo se queda, es muy buena onda, tiene muchas amigas y sale mucho. ¿Te gustó el sándwich? Si quieres, ahora que lleguemos a la ciudad te doy más de comer y dinero y te puedes quedar con nosotros y así no pagas hostales ni nada.
–¡Señora, usted dígame cuándo la vemos! –Jaime, entusiasmado, sólo pensaba en una cama, comida y ahorrar un poco, aunque le espantó un poco la idea de que le hartara la hija.
–Tendría que ser hasta mañana por el tiempo en el que el jet nos lleve hasta Rusia.
–¿Rusia? ¡Pero claro que sí voy! Vámonos ahora –ya no le importaba mucho arruinar lo de la hija ni nada, con conocer Rusia estaría satisfecho.
–¡Ay, no sabes cómo me alegra esto! Hasta se podrían casar y tener hijos.
–Sí, claro –no le importó mucho decir que sí al matrimonio e hijos. Por el momento, todo iba bien.
–Ay, hijo, qué feliz haces a tu madre así. Valió la pena la espera estos veinte años para ver a mis hijos juntos.
–Señora, en serio no me diga hijo, por favor. ¿De qué espera habla? ¿Sus hijos juntos otra vez? ¿No había muerto uno?
–Bobo, ¿no ves? ¿Aún no entiendes?
–No, ¿qué cosa?
–¡Tú puedes! Veinte años, nacidos en México, 25 de julio, los dos se llaman Jaime, tu disco, la novela, que nos encontremos, que te gusta Natalia.
Jaime no entendía muy bien qué ocurría pero empezó a juntar ideas y preguntó, en un tono seco como si frenara un coche, si estaba sugiriendo que él, Jaime, era el otro Jaime, el hijo de la señora.
–¡Así es!
–¿Soy su hijo y quiere que me case con su hija? ¿Con todo el dinero y los lujos y su hija rica?
–¡Sí! Además, ella cree lo mismo y quiere casarse contigo. Sabía que algún día te encontraríamos y decidió esperarte toda su vida.
–¿No sería eso una especie de incesto de reencarnación o algo así?
–Sí, pero, ¿a quién le importa? Yo los tendría juntos y seríamos felices y ricos para siempre.
–¡Mami, vámonos pa’ Rusia! Total, eso del incesto es muy retrógrado.
Jaime sabía que su futura esposa se casaría con su hermano y que su suegra pensaría que su hijo reencarnado se casó con su hija. También era consciente de que a ninguna le importaba el incesto. No le importó tampoco, con todo el dinero del mundo ¿para qué se quieren los modales?